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Tropas, respuesta evasiva

  Dolia Estévez

La decisión del presidente Barack Obama de enviar 1,200 soldados a la línea fronteriza no dejó a nadie contento. Para los conservadores, "simplemente no son suficientes", como dijo el senador John McCain, al tiempo que pidió 6,000 unidades más. Para los liberales, la "militarización" de la frontera "representa una sumisión" a las fuerzas políticas del Partido Republicano, en palabras del senador Robert Menéndez. Y, para los expertos, las tropas son la respuesta táctica a un problema estratégico que amerita un enfoque acorde; son, en pocas palabras, la salida fácil y cortoplacista a la violencia y la inmigración ilegal.

Si la experiencia reciente es referente, no van a servir de nada. En 2006, George W. Bush destacó 6,000 efectivos de la Guardia Nacional en la frontera, pero las drogas y los indocumentados siguieron entrando. La semana antepasada, mientras Felipe Calderón era recibido con bomba y platillo en Washington, las autoridades capturaron a 687 ilegales en un lapso de 24 horas en la frontera de Arizona, tres veces más que en San Diego. Hasta ahora, nada ha funcionado, ni siquiera la construcción del muro fronterizo. ¿Por qué las tropas habrían de ser diferente? "... Agregar 1,000 y pico de soldados más no va a detener a los cárteles o revocar la ley de la oferta y la demanda. No va reducir el apetito estadounidense por drogas o de los traficantes mexicanos por armas", advirtió The New York Times.

Con el despliegue militar, Obama está eludiendo asumir su responsabilidad (más allá de la cansada retórica) de reducir el consumo a niveles que surtan efecto (muy por encima de 15% planteado en su plan antidrogas), de impulsar una reforma migratoria que ordene los flujos migratorios y de frenar el mercado negro de armas.

No es cierto, como dijo Calderón en Canadá, que las tropas son la respuesta de Obama a su petición de controlar la venta de armas a los narcotraficantes mexicanos. Contrario a lo que diga Calderón, el objetivo principal de las tropas es regresar inmigrantes a México y evitar el derrame de la narcoviolencia. No sólo eso. El jueves pasado, Obama dijo que la opción militar ha estado bajo consideración desde 2009. Una semana antes, en su encuentro privado en la Casa Blanca, Obama le recordó a Calderón que "todo país tiene el derecho a proteger sus fronteras y decidir quién viene y quién sale". Si Obama no actuó antes fue porque el Pentágono discrepó con el Departamento de Seguridad Interna respecto a las atribuciones de las tropas.

INSÓLITO VIRAJE

La insólita acogida de Calderón a las tropas denota un viraje en la posición tradicional mexicana. A lo largo del último siglo, desde 1910 –cuando EU envió la mitad de sus fuerzas armadas a la frontera para evitar el cruce de la Revolución Mexicana– México ha rechazado la idea de militarizar la frontera. El viraje también refleja los vaivenes y posiciones erráticas que han caracterizado a su gobierno. Apenas en abril, el embajador Arturo Sarukhan dijo: "Pensar que la presencia de la Guardia Nacional en la frontera reducirá el potencial de violencia del lado estadounidense es como buscar amputar una pierna como remedio para combatir el colesterol". Consideró que hay otras agencias del gobierno federal estadounidense –como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas y la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos– "que pueden contribuir de manera más eficaz a la seguridad en la región".

TOQUE DE ALARMA

El retrato que ofrece The New Yorker sobre La Familia Michoacana en su último número es alarmante: un grupo que asesina y descuartiza por "justicia divina"; con un fervor "cuasi religioso" que evoca al Ejército de Resistencia del Señor en Uganda, milicia fanática famosa por sus masacres. O, para no irnos muy lejos, La Familia es la versión mexicana de la secta de Jim Jones en Guyana, pero con más dinero, armas automáticas y la anuencia de la población. ¿Entenderán a cabalidad las autoridades la magnitud del monstruo que tienen enfrente?



  
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