Si una parte muy importante de las familias de clase media baja y baja de los Estados Unidos han dejado de pagar sus hipotecas ante la insuficiencia de ingresos y las altas tasas de interés, ?por qué habrían de detenerse en el incumplimiento de sus hipotecas? ?si ya no pueden pagar sus hipotecas, hasta qué punto van a seguir cumpliendo con sus otras compras a crédito, de autos, bienes electrodomésticos, viajes, etc.? ?si ya no pueden seguir pagando sus hipotecas y sus tarjetas de crédito, cuánto falta para que ya no puedan pagar tampoco sus impuestos federales?
El consenso de los economistas decía, desde el comienzo de este último capítulo de crisis de liquidez, que ante la posibilidad de que la economía se derrumbe debido a la contracción del gasto del consumidor resultante de una crisis crediticia, los bancos centrales debían de bajar, de manera drástica, y en el corto plazo, sus tasas de interés de referencia.
En efecto, las tasas de interés han bajado ya en Estados Unidos y otros países, con el objetivo de impedir que el consumidor estadounidense, quien es el motor del mundo, deje de gastar y hunda a la economía global. Y probablemente los Bancos Centrales del mundo, encabezados por la Fed, logren salvar a la economía planetaria de una nueva amenaza de recesión.
Pero el problema de fondo es que las tasas deberían de subir, no de bajar.
El problema es que las tasas de interés reales en el mundo están tan bajas, que desincentivan el ahorro de las familias estadounidenses y las incentivan a gastar mucho más allá de sus posibilidades, exponiéndolas gravemente a las fluctuaciones en las tasas de interés.
El problema es que la tasa de ahorro de los estadounidenses es, en palabras del libro póstumo de Roberto Bolaño, el secreto del mal.
La tasa de ahorro de las familias estadounidenses es prácticamente cero, si no es que negativa, y ha sido así desde al menos la última década. Eso quiere decir que los estadounidenses gastan más de lo que ganan en ingresos, y que tienen que pedir prestado al resto del mundo para poder mantener su nivel de consumo y gasto.
Lo anterior se refleja en el hecho que los Estados Unidos tienen un déficit de cuenta corriente gigantesco, del 6.5% del PIB, y de un nivel que ya hubiera tronado a un país latinoamericano hace mucho tiempo. Los Estados Unidos también tienen un déficit presupuestal enorme, y la deuda más grande del mundo, reflejo todo de lo manirroto y desenfrenados que son los consumidores del país vecino.
Ante la ausencia de ahorro, los estadounidenses necesitan del crédito para mantener y expandir su nivel de vida, y eso los ha hecho cada vez más vulnerables a las alzas en las tasas de interés de la Fed, lo que ha llevado en la última década al banco central estadounidense a caminar sobre un filo de navaja muy peculiar: cada vez que la salud financiera de los consumidores está en riesgo, reduce sus tasas de interés, reactivando el consumo y obviando la frugalidad necesaria para que la tasa de ahorro se reponga y los estadounidenses vuelvan a aumentar su ya de por sí gigantesca deuda privada y pública.
Lo que el mundo necesita es que el enorme desbalance entre la falta de ahorro de los Estados Unidos, y el exceso de ahorro de las economías asiáticas, tenga un equilibrio más estable. En otras palabras, hace falta que los estadounidenses ahorren más, y que los consumidores asiáticos gasten más, pues hasta ahora, el crecimiento chino descansa sobre la inversión, no sobre el consumo.
Y el problema es que para incentivar el ahorro, hacen falta tasas de interés más altas, algo que el precario equilibrio financiero de los hogares estadounidense ya no puede resistir. El problema económico de fondo es una ironía: Estados Unidos necesita aumentar su tasa de ahorro, y para ello necesita mayores tasas de interés reales, pero hacerlo en este momento implicaría provocar una ola masiva de moratorias, tal y como lo hemos visto en el sector de hipotecas subprime.
El secreto del mal es que la gran transición está ocurriendo, lentamente, el centro de gravedad está pasando de América a China, y ese ajuste llegará tarde que temprano. Puede que la actual crisis no sea la definitiva que marque el fin del predominio absoluto de los Estados Unidos, pero puede ser uno de los primeros avisos.
Lo que hemos visto en los mercados de divisas este año, es también un reflejo del mismo mal: de la inexistencia del ahorro de las familias y el gobierno estadounidenses. Si uno no ahorra, tiene que vivir de prestado, y eso se refleja en una sucesión de déficits que acaba por convertirse en un incremento de la deuda.
Gastar más de lo que se ingresa, tal es la definición de déficit, y eso es justamente lo que ha estado pasando en Estados Unidos los últimos años. La falta de ahorro de las familias se ha reflejado en un creciente déficit de cuenta corriente, mientras que la falta de ahorro público se ha visto reflejado en un alto déficit fiscal. Los únicos que tienen un ahorro neto positivo en los Estados Unidos, son las compañías, pero su ahorro no alcanza a compensar la voracidad de sus contrapartes domésticas.
Dice la economía que un país puede incurrir en déficit de cuenta corriente y fiscales durante un período considerable de tiempo, pero que tarde que temprano, esos déficit tienen que ser pagados. En otras palabras, no se puede vivir de prestado para siempre. Una persona, un país, una empresa, puede endeudarse durante un tiempo con el fin de construir su negocio, su capacidad productiva, sus recursos, que le ayudarán a pagar sus deudas más tarde.
Tarde que temprano, los déficit de cuenta corriente persistentes de los Estados Unidos tendrán que corregirse y convertirse en superávit que generen los recursos para pagar las deudas existentes. O lo que es lo mismo, el dólar deberá de permanecer en niveles muy abatidos en contra del resto de las principales divisas del mundo durante un período secular, con el fin de balancear los principales desequilibrios del mundo.
Ya sea la crisis de las hipotecas subprime, o la debilidad del dólar ante las divisas más importantes del mundo, o la incapacidad de la Reserva Federal de mantener una política sostenible de largo plazo para sus tasas de interés, el secreto del mal es el mismo, la baja tasa de ahorro de los Estados Unidos.
El problema es que la tasa de ahorro de los estadounidenses es, en palabras del libro póstumo de Roberto Bolaño, el secreto del mal.