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MAQUIAVELO EN MÉXICO

  José Fernández Santillán

Desde el momento en que la revista Forbes usó el concepto “Estado fallido”, para describir nuestra situación, se ha desatado un debate público encendido. El presidente Calderón dijo, por ejemplo, en el Foro Económico de Davos, que le gustaría platicar con el director de esa publicación para corregir sus apreciaciones. Otros, en cambio, han afirmado que la indicación es correcta.

Disputas aparte, lo que pocos saben es que el término “Estado”, tal y como lo usamos hoy, fue acuñado por Nicolás de Maquiavelo. En efecto, en los primeros renglones de su libro El Príncipe se lee: “Todos los Estados, todos los dominios que han ejercido y ejercen imperio sobre los hombres, han sido y son repúblicas o principados.” El asunto derivó de una contracción que hizo sobre la antigua frase Status rei publicae que se puede traducir como “la condición de la cosa pública”. Recurrió a un nuevo concepto porque previó que el mundo se abría a una realidad política distinta.

En la época de Maquiavelo, la península itálica estaba dividida en cinco reinos: Nápoles, Milán, Venecia, Florencia y los estados pontificios. No había algún poder que pudiera unificarla. En este contexto, este autor abogó por la aparición de un líder que lograra imponer el orden.

El desmembramiento de Italia se debió a la imprevisión. Lo que dijo debe retumbar hoy en nuestros oídos: “Y pasa con esto como dicen los médicos con los tísicos, que, al principio, su mal es fácil de curar y difícil de conocer, pero con el paso del tiempo, al no haber sido conocido ni curado, se vuelve fácil de conocer y difícil de curar. Así pasa en las cosas del Estado; porque, conociendo a distancia (lo que no es dado sino a un prudente) los males que nacen en él, se curan pronto; más cuando, por no haberlos conocido, se dejan crecer de modo que todos los conozcan, ya no tienen remedio.”  

Los atributos indispensables del dirigente para solucionar la anarquía son la astucia y el arrojo, encarnados, respectivamente, por el zorro y el león. Esto es válido en función del propósito fundamental de reconstruir el poder. El gobernante que quiera hacer “grandes cosas” debe recurrir, según sea el caso, al ejemplo de estos dos especímenes. Para que esto se logre, se necesita expropiar a quienes usan la violencia de manera privada. El propósito es reconstruir el poder público.

En el caso de Maquiavelo, no se trata de un poder ligado a la ambición personal, sino un poder vinculado estrechamente a la formación del cuerpo político. Esta visión superior, por encima de la mezquindad de los señores de horca y cuchillo, es lo que hace diferente al buen dirigente político.

Empero, el uso de la astucia y de la fuerza no basta; hay que saberlas emplear con un sentido político, esto es, con un sentido de Estado. Por eso dice que se debe combatir al demonio con el fuego. A quienes tuvo en la mira fue a los señores feudales y a los delincuentes que impiden la integración política. Ellos reencarnaron, metafóricamente, en los pillos de toda laya que hoy devastan a nuestro país.

Las palabras conclusivas del Príncipe —extraídas de la canción “Italia Mía de Petrarca”— son una invitación, por demás emotiva, a lograr ese propósito: “Virtud contra furor / tomará las armas, y hará el combate corto: /que el antiguo valor/ en el itálico corazón aún no ha muerto”. La admonición es arto elocuente y queda, sin demagogia, como una invitación para que la patria se reconstruya desde el corazón de quienes la aman.



  
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