ECONOMÍA VERDE
Fuego cruzado en Copenhague



La cumbre para frenar el calentamiento global está en campo minado. De hecho, los pronósticos proyectan que no se podrán amarrar los consensos ante la lucha de poderes entre países desarrollados y emergentes

El ambiente se está calentando. Los cambios en la temperatura del planeta se dejan ver en el día a día. Cada vez es más común vivir veranos e inviernos más largos y días fríos o cálidos inesperados. Además, no deja de sorprender el hundimiento de glaciares en las zonas polares y la extinción de especies de animales que no resisten estos cambios de temperatura. La Tierra empieza a hervir y el tiempo pasa más rápido que las posibilidades para evitarlo.

Por eso, la Cumbre de la ONU para combatir el Cambio Climático que en unos días se celebrará en la ciudad considerada como el mejor lugar para vivir del mundo, y que se encuentra ubicada en la isla de Selandia, en Dinamarca, carga con el siguiente y probable desenlace: pudiera ser un cónclave donde la apuesta para apuntalar la economía verde naufrague por las grandes diferencias que habrá entre sus arquitectos para asumir su responsabilidad en la multiplicación de las emisiones contaminantes. 

Los números que están a la mano, en el marco de la Cumbre de Copenhague que tendrá lugar del 7 al 14 de diciembre, son elocuentes: según el reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) de la Organización de Naciones Unidas (ONU), la temperatura media aumentó 0,74 grados en el periodo de 1906 a 2005; además, el informe llamado The Copenhagen Diagnosis calcula que durante 2008 las emisiones provenientes de combustibles fósiles fueron 40% más altas que en 1990.

Así, los pronósticos deslizan la posibilidad de que esta tendencia va en aumento y nadie parece tener la intención de frenarlo: el mismo IPCC proyecta que la temperatura media continuará incrementándose, pero el grado y duración de este aumento y la gravedad de sus consecuencias dependen de la rapidez y eficacia para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero.

Es por esto que para muchos se hace urgente y tan importante el XV Periodo de Sesiones de la Conferencia de las Partes en la Convención sobre Cambio Climático –más conocido como Cop15– en Copenhague, Dinamarca. De acuerdo con autoridades, investigadores y organismos ambientales, esta reunión es crucial para determinar cómo deberán actuar los países después de 2012 cuando expire el Protocolo de Kyoto.

Saleemul Huq, socio senior del Instituto Internacional para el Medio Ambiente y Desarrollo (IIED), radicado en Londres, no es del todo optimista: “Tenemos poco tiempo para frenar las catástrofes. Lo más importante es que la gente se ha dado cuenta del problema y se ha movilizado. Acudirán más de veinte mil personas de todo el mundo, para pedir acciones de los líderes del mundo”.

Como sea, es 90% probable que el aumento de temperatura de la Tierra en los últimos años se deba a actividades humanas que emiten gases de efecto invernadero como la energía eléctrica, la deforestación, el transporte, la agricultura y la industria. Sin embargo, la urgencia de la ciencia no se refleja de igual manera en el actuar político de los grandes países del mundo.

MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA

La raíz del conflicto es muy fácil ponerla en blanco y negro: las actividades humanas –que en buena medida provocan la generación de emisiones contaminantes– resultan ser las acciones básicas de todo país desarrollado e industrializado. Entonces, es aquí donde surge la disyuntiva de cuáles son los países que deben asumir la responsabilidad de disminuir sus emisiones de gases de efecto invernadero y, por tanto, un asunto como el cambio climático que se basa en datos científicos comienza a depender de acciones políticas.

Por un lado, el Protocolo de Kyoto estableció en su momento que los países desarrollados –principalmente europeos, ya que EU no se sumó al acuerdo– eran los responsables de disminuir sus emisiones de contaminantes porque ya habían alcanzado un desarrollo tal que les permitiría reducir la emisión de gases contaminantes e invertir en energías más limpias. 

Sin embargo, en la actualidad el debate se centra en grandes países emergentes como China, India, Rusia y Brasil que han crecido demasiado rápido en los últimos años, superando las emisiones contaminantes de los países industrializados. De hecho, China es el país con mayor emisión de CO2 (dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero) en el mundo, con 6,103,493 miles de toneladas anuales (datos a 2006).

Por eso, las luces y los micrófonos caerán, principalmente, en la figura de Wen Jiabao, Primer Ministro de China, quien anunció que su país se compromete a reducir entre 40% y 45% sus emisiones de CO2 para 2020. Dado que China continuará creciendo a un ritmo acelerado, su objetivo implica reducir la velocidad del crecimiento de las emisiones con el uso de energías renovables. Sin embargo, para los países industrializados, el objetivo chino no es suficiente y ellos exigen un mínimo de 50% para que sea un aporte real.

Al respecto, Enrique Rebolledo, director de proyectos de Bajo en Carbono,  consultora en estrategias de acción para mitigar y adaptarse al cambio climático en la Ciudad de México, reparte responsabilidades: “Los países industrializados no están dispuestos a seguir controlando y disminuyendo sus emisiones. Por ello, el grupo de economías emergentes tendrán una contribución mayor al inventario global de emisiones”.

En los hechos, los países con economías emergentes exigen el cumplimiento de cuatro pilares: adaptación (al cambio climático), mitigación, transferencia de tecnología y financiamiento. Esto quiere decir que ellos se comprometerían a disminuir sus emisiones de manera voluntaria siempre y cuando hubiese el compromiso suficiente por parte de los países industrializados para canalizar recursos en estos cuatro pilares. “Desgraciadamente, prácticamente no ha habido nuevas aportaciones que sean sustantivas para convencer a ningún país”, se queja Enrique Rebolledo.

Bajo este panorama, no menos controversial es la participación en Copenhague del Presidente de EU, Barack Obama, quien anunció que participará de la cumbre aprovechando el viaje para recibir el también polémico premio Nóbel de la Paz en Oslo, el 11 de diciembre. Las críticas que caen sobre la espalda de Obama no se andan por las ramas: él no sólo debe participar en la “foto” de la cumbre, sino también anunciar propuestas concretas que realmente ayuden a mitigar el cambio climático.

En ese sentido, la presencia del mandatario estadounidense es importante dado que EU es el segundo país con mayores emisiones (5,752,289 miles de toneladas anuales de CO2), y que si bien no se suscribió al acuerdo de Kyoto propone reducir emisiones en 17% para 2020 si se compara con 2005 y estaría dispuesto a participar en un acuerdo distinto al de Kyoto. Además, la Casa Blanca propone otras posibles reducciones: 30% para 2025, 42% para 2030 y 83% para 2050.

El asunto es que, más allá de las buenas intenciones, el desacuerdo entre los países desarrollados y los en desarrollo no es un tema menor y probablemente implique que la discusión vaya más allá de Copenhague y se distienda para los próximos encuentros, al menos para afinar la legislación posterior a Kyoto.

Stephanie Long, coordinadora de Justicia Climática y del programa de Energía de Amigos de la Tierra, organización asentada en Brisbane, Australia, aún mantiene el optimismo: “Las expectativas es que los gobiernos se comprometan a evitar los peligros del cambio climático y aseguren que los más afectados estén protegidos”.

Y, para meter presión, alimenta el miedo: “Nosotros sabemos que el cambio climático está sucediendo y está ocurriendo más rápido de lo pronosticado al punto que ahora estamos peligrosamente cerca de un cambio catastrófico para el planeta”.

Así las cosas, la Cumbre de Copenhague será relevante sólo si se alcanza un acuerdo para dejar atrás la superficialidad y trazar una ruta clara para reducir las emisiones contaminantes. ¿Será posible? Y es aquí donde esta historia se contamina: el argumento de los países en desarrollo es que ellos deben lidiar con temas más inmediatos como la reducción de la pobreza y temas sociales y deben ser asistidos con acciones de mitigación, ya que ellos no fueron los que causaron el cambio climático y tienen menos recursos para lidiar con éste. Pese a la falta de acuerdo, lo positivo es que en su gran mayoría, estos países ya han anunciado sus reducciones voluntarias de CO2.

Brasil, por ejemplo, se comprometió a disminuir entre 36,1% y 38,9% los contaminantes, lo que fue anunciado por Luiz Inácio Lula da Silva, en la inauguración de un gasoducto en la Amazonia. “Con obras como ésta queremos mostrarles a nuestros amigos que aquí en Brasil hablamos menos y hacemos más”, dijo.

Con todo esto, mientras los diferentes sectores buscan llegar a algún acuerdo que pueda mitigar el calentamiento global y generar cambios importantes para la adaptación de la sociedad a este nuevo escenario, todo indica que si bien podrían ocurrir avances en la Cumbre de Copenhague, los próximos encuentros serán igualmente claves para llegar a 2012 con un panorama más claro y los roles de cada país mucho más definidos.

De hecho, los organizadores del encuentro en Copenhague admiten que el acuerdo legal no se construirá esta ocasión, lo que significa que las novedades podría aterrizar hacia 2010, cuando se celebre la Cop 16, que tendría lugar en México.

MÉXICO VERDE

A mediados de este año, México se comprometió voluntariamente a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en 50 millones de toneladas para 2012, lo cual implica 8% menos de las emisiones totales de México. Y llegaría a una reducción de 50% para 2050.

Enrique Rebolledo, de Bajo en Carbono, pone en blanco y negro la aportación de México en esta circunstancia: “Creo que las economías emergentes tienen que buscar un crecimiento bajo en carbono por varias razones. La primera claramente es poder controlar y disminuir la concentración en la atmósfera de CO2, como un principio de colaboración internacional, donde México ya intenta jugar en las ligas mayores, que además le conviene en términos económicos”.

Bajo el cristal del consultor, el crecimiento bajo en carbono es de mucho más valor agregado y así lo dice: “Genera más empleo, reduce contaminantes locales y regionales que generan enfermedades, reconoce la gestión en el territorio en el contexto de la adaptación al cambio climático y promueve la innovación y transferencia de tecnología”.

Finalmente, al participar de los mercados de carbono, México tendría mayor flujo en tecnologías más limpias. Adicionalmente, México ha fijado su compromiso de reducción emisiones en 50% para 2050 considerando que existen recursos del exterior para financiar estas reducciones.

“México tendría que asumir este compromiso utilizando recursos propios y del exterior, como lo hace con otros sectores atrayendo inversión extranjera. Una ruta de disminución de emisiones sólo le garantizaría al país una gran mejora en la calidad de vida de sus ciudadanos al menor coste”, concluye Rebolledo.